2010

19 de Noviembre, 2014:

Yo era quien era en el 2010
hasta que me dijeron que tenía que dejar de serlo,
que tener una hija significaba ‘crecer’.

Yo vi a mi hija caerme del cielo,
y respetando la física el aterrizaje nos rompió a ambos.
Pero ella es mi hija. Ella tiene mi corazón de fuego.
Y decidimos no rendirnos,
y a cada paso del camino nos gritamos, nos odiamos, nos golpeamos.
Chocamos como dos estrellas fusionándose en la explosión más grande que la astronomía nunca jamás supo como explicar.
Y nosotros, juntos, le ganamos al conflicto.
Juntos aprendimos a querer nuestra vida diferente,
a entender que además de los juegos, las salidas y los paseos,
hay noches cuando no se lee un cuento porque hay trabajo pendiente,
o noches donde no se duerme por la tos, los mocos y la fiebre.

Hay personas que por todo eso me miran como un superhéroe.
Yo no puedo estar menos de acuerdo,
porque en mi caso fue una cucharada de valentía diluida en un mar de ingenuidad,
yo no soy un superhéroe, soy cualquier otra persona puesta en la misma situación de ver tus ojos en los de tu hijo y darte cuenta que es igual a ti,
que por dentro se quema tratando de entender quién y por qué es,
y que un día alguien va a tratar de volverlo otra persona...
y yo no voy a permitir que mi hija crezca como una persona más,
porque esta enfermedad en nuestros genes que nos obliga a arder desde dentro yo aprendí a dominarla por ella,
porque por ella aprendí a convertir el fuego en luz, y que no importe cuánto quema.
y mientras todos están orgullosos de que sus hijos se adelanten sacando ventaja a la vida
yo estoy feliz de que la mía sepa desde pequeña que la felicidad es lo que ella decide que sea,
porque cuando en la mañana ella decide que ponerse está teniendo una pequeña marcha frente a la presidencia de esta casa por hacer valer su derecho a mezclar rojo con morado, marrón y amarillo si ella así lo desea,
porque cuando ella quiere su espacio la tiene más clara que todos los adultos que conocí en mi vida y sabe decir “ahora quiero estar sola”,
porque cuando ella quiere a alguien, no abraza sino embiste, y ella bien sabe que una estampida no espera un momento y no pide permiso.

Y cuando me preguntan si ya tengo una escopeta yo sólo sonrío y pienso que las armas de fuego no las necesito,
porque ningún patán, o para efectos del caso, ningún hombre, mujer, profesor, amiga, sacerdote o parámetro social va a decirle qué debería ser.
Yo decidí enseñarle a mi hija que tú eres quien eres; y que ella es, sólo y únicamente, de ella.

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