Recuerdos

Hace poco recordé que cuando era chico y llegaba a algún parque o algún cumpleaños, primero miraba cuantos juegos habían. Calculaba el número de veces que podía usar cada juego de manera equitativa en el tiempo que se había planeado estar ahí. A veces también calculaba usar algún juego más veces, compensando por el factor de qué tanto me gustara un juego. Si cumplía mi recorrido establecido y aún quedaba tiempo, repetía el ejercicio en una versión corta, aplicable al tiempo restante de permanencia en el lugar.

También tenía una manía al jugar en cualquier estructura metálica. Si pasaba por cualquier figura cerrada, por ejemplo, un aro, tenía que pasar de regreso por el mismo aro. Si pasaba tres veces en un sentido a través de la figura, debía pasar el mismo número de veces de regreso. Y esto SIEMPRE lo hacía así.

Y todo esto lo recordé un día en que pensaba que mi vida no es para nada la vida normal de una persona de mi edad. Y me di cuenta que yo nunca fui normal. Que no importa cuánto me hayan querido hacer creer que debía tener una vida normal o impulsarme a ello, la normalidad y yo nunca nos llevamos bien.

Mi vida no es normal, pero como yo lo veo ahora, nunca lo fue. Y así está bien.

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